Carlota Jarauta y el alcalde de Torralbilla, César Hernández, se preocuparon de que el Antiguo Horno estuviera en condiciones de albergar un evento con el forense Salvador Baena como protagonista.

“No es tan negativa la muerte, no crean”, comenzó afirmando en su ponencia, pues su advenimiento puede ayudar a la vida. ¿Cómo? Advirtiendo a los familiares del finado sobre la causa de su óbito. Enfermedad o colapso que sus parientes más directos podrían prevenir aplicando una información “póstuma”, susceptible de alargar, incluso de salvar sus vidas. Esa visión científica y humanística sobre el final de la existencia, tratando siempre al cuerpo —al cadáver— con la dignidad merecida, abre nuevas puertas a la indagación filosófica del sentido del hombre.

En el plano puramente pericial, el conferenciante, uno de los mejores especialistas de España, interesó y conmovió con la exposición de algunos de los casos en los que, a lo largo de carrera, ha intervenido: la tragedia del cámping de Biescas (1996, 87 muertos); del autobús de La Muela (1999, 32 muertos); del hombre asesinado y enterrado en cemento en un bar de Zaragoza… sin olvidar sus trabajos de arqueología forense con los restos de El Justicia, de los Reyes de Aragón, el Papa Luna, y un largo listado de estudios históricos (realmente lo son).

Salvador Baena abordó la participación de los forenses en la investigación criminal, sus cometidos en las escenas de los crímenes, sus peritajes, dictámenes, pruebas y testimonios ante jueces o jurados… Labores con algo o mucho de detectivescas, que los hace, además de necesarios, atractivos. Y, en algún caso, verdaderos personajes.

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Aragón Negro

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