La Sala José Lapayese de Calamocha acogió al escritor Víctor del Árbol, que, acompañado de Juan Bolea, habló a quienes se habían reunido para escucharle de su producción literaria.

No fue una charla al uso. Quedó de manifiesto que, al igual que sucede con sus novelas, no le gustan los clichés ni las etiquetas, no se queda en las meras apariencias, sino que ahonda en las cosas, en las situaciones, en definitiva, en la esencia del momento.

Víctor del Árbol nos enseñó no solo al escritor sino también a la persona. Como sus personajes, se mostró carente de máscaras. Su procedencia, su infancia, su formación, su pasión por la literatura quedaron de manifiesto en la conversación que entabló con Juan Bolea, que supo conducirlo a través de la palabra, hasta mostrarnos su lado más humano, más personal.

Quienes pudieron escucharle y entablar diálogo con él, fueron conscientes de la importancia que tienen las palabras porque, además de alejarnos de los eternos silencios, nos permiten conocer, ser curiosos, soñar, construir historias… nos permiten convertir la realidad en imaginación. 

Todo eso y más nos transmitió este autor para quien el amor es esencial en su producción literaria y que ha conseguido, a través de su literatura, crear un universo propio e identificable con el que despertar emociones en los lectores.

Si para Víctor del Árbol, las palabras escritas son “ecos eternos”, podemos afirmar que las palabras dichas en la tarde de ayer quedarán grabadas en el recuerdo de quienes disfrutamos de la conversación con este gran escritor que Calamocha tuvo la ocasión de conocer y acoger.

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