En el marco del original programa literario que, con tanto éxito, se está desarrollando este mes de julio en Fuentespalda, tuvo lugar un emotivo homenaje al escritor Fernando Marías, fallecido el pasado febrero en plena vitalidad creativa. Dándose la circunstancia de que el año pasado, por estas mismas fechas, el propio Marías protagonizó e interpretó en Fuentespalda un vívido y maravilloso monólogo teatral inspirado en una de sus novelas cortas, “Esta noche moriré”.

La idea de rendir un homenaje en forma de sentido recuerdo literario a este magnífico autor desvanecido en las arenas del tiempo, que no del olvido, puesto que su obra, sin duda, perdurará, partió de la siempre activa e inspirada Carmen Agud, alcaldesa de Fuentespalda, de Antonio Albesa y del librero Octavio Serret, amigo de Fernando Marías y profundo conocedor de sus aportaciones novelísticas y estéticas.

Una lectura coral combinada por múltiples voces de lectores eligió basar el homenaje a Marías en los primeros párrafos de “Arde este libro”, su último texto. Esas voces que sonaron puras en la brisa cálida de Fuentespalda, entre las montañas del Matarraña, recordaron muy emotivamente su presencia, tan reciente, y su talento, tan apreciado en esta bellísima población del Matarraña.

Mi última conversación con Fernando, unos días antes de su muerte, giró en parte sobre “Arde este libro”. Que no es una novela, ni tampoco un texto meta—literario, sino la honda introspección de un autor que tenía dentro, seguramente muy dentro, allá oculta por el fondo de su alma, una deuda personal con la que seguramente había sido la mujer de su vida, pero a la que perdió en un proceso de sufrimiento que se prolongaría durante años, incluso décadas, hasta que decidió enfrentarse a ello pluma en mano.

Lo hizo con un texto desgarrador, “Arde este libro”, lo último que escribió y que, pensaba él, lo había desguarnecido de todo tipo de defensas, dejándole prácticamente inerme incluso frente a la enfermedad que lo amenazaba. Fuese o no así, el hecho es que sufrió escribiendo esos capítulos reales de su vida y que, en su recreación, no encontró felicidad, aunque sí la certeza que, de no haberse exigido cuentas a sí mismo, no podría seguir considerándose un autor honesto.

Lo fue.

* Foto: R. Lombarte

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