Juan Bas presenta en Zaragoza su novela El refugio de los canallas, galardonada con el Premio Dashiell Hammett

ZARAGOZA | JUAN MARI SAURAS

El conflicto vasco, esa suerte de locura colectiva en la que unos pocos arrastraron al conjunto de la sociedad al abismo y la sangre manchó la memoria de los días, dejó multitud de historias sin contar. Los relatos de las vidas arrancadas como hierba bajo el inmisericorde filo de la guadaña. El cristalino sonido de las risas que no volverían a llenar las calles, los gritos de alegría de aquellos que no volverían a encontrarse. El shock de años y años de terror y muerte se aferra a quienes vivieron bajo el yugo de la serpiente y el hacha, conteniendo el aliento pero dejando sentir su presencia. Una sombra que persigue a los supervivientes, los ciudadanos que hicieron de lo pesadillesco su cotidiana realidad, inexorable. Un monstruo al que Juan Bas, una de las voces más lúcidas y críticas con el sinsentido de la guerra nacionalista vasca, se enfrenta en su última novela, El refugio de los canallas. Una fantástica narración que, además de suponer un ejercicio de reflexión y una indagación concienzuda y humana de la masacre, es un ejercicio sublime de género negro. Por ello no es de extrañar que fuese galardonada con el Premio Dashiell Hammett en la Semana Negra de Gijón, reconociendo por parte de la comunidad de escritores la gran aportación de Juan Bas a las letras del azabache. Tal que así, el veterano escritor no pudo resistirse a la llamada del Festival Aragón Negro para presentar en sociedad su novela y recibir el correspondiente homenaje. Un acontecimiento que sirvió para realizar un cálido coloquio en la que el literato mostró un carácter humilde y cercano, a la par que sus palabras, cadenciosas y tranquilas, resonaban por el sencillo valor de la verdad.

Junto a Daniel Monserrat, conocido periodista cultural de la ciudad, le acompañaba el editor Gregori Dolz, quien ya es un viejo conocido entre los asistentes al festival. Arquitecto y timonel de la Editorial Alrevés, Dolz parece poseer un extraordinario olfato a la hora de seleccionar manuscritos. Si el año pasado ya acompañó a David Llorente a recoger el Hammett por su novela Madrid, frontera, su confianza en la obra de Bas ha demostrado ser acertada. Una confianza que ni el propio escritor parecía poseer, pues como relató el agudo empresario: “Juan nos mandó el manuscrito en un correo, diciendo que estaba muy contento pero que no sabía si el resultado nos iba a gustar o lo íbamos a entender Se mostraba muy inseguro”.

Esa incertidumbre del autor quedó rebasada muy pronto por el entusiasmo de quien fuera a convertirse en su editor, que afirma que leyó la novela del tirón en cuanto se puso con ella: “me quedó claro que se trataba de un libro especial, desde el primer momento que lo leí. Contaba con una estructura muy atrevida, con saltos temporales constantes. No es la organización habitual de una novela negra, pero eso le da una singularidad”.

¿Y cuál es la historia de El refugio de los canallas? Juan respondió concisamente a esa pregunta tras escuchar con interés el relato de Elena Fuertes, discípula del Taller Literario de la Fundación CAI: “es una historia de impiedad, mediocridad y la falta de inteligencia, que es la historia de ETA”. A través de un reparto coral que orbita en torno a la familia protagonista y representa las diferentes facetas de la sociedad vasca, el autor repasa la historia del conflicto desde una perspectiva humana, cercana y, en consecuencia, dolorosa. Una historia que necesitaba contar como escritor antes de poder pasar página, cuenta con franqueza.

De esta manera, la novela oscila en torno a dos cuestiones: “El tema principal de la novela es el odio que se transmite de generación en generación, terrible y desesperante. Propiciado por padres irresponsables que imbuyeron a sus hijos de un odio horrible hacia lo que venía de fuera. Y eso llevó a esos hijos a su propia destrucción. Hay un segundo tema, y son esos también irresponsables jóvenes que militaron, tomaron armas y mataron. Y por ello se han pasado la vida en la cárcel. Por algo terrible y absurdo”.

Asimismo, también guarda algunos dardos para aquellos que, desde el Estado, contribuyeron a agravar el conflicto y se pusieron a la misma altura que los terroristas. “La razón de Estado transitó por las cloacas. Todo lo que pasó es desolador, y tal como fue lo cuento”.

Estas y otras cuestiones son las que le obligaron a proyectar una cierta distancia entre dichos acontecimientos y él antes de encarar la escritura de la novela y poder narrar con frialdad los acontecimientos que vertebran su relato. Y es que, como bien recuerda, “aunque incluye algún elemento de ficción, es una historia conocida. Yo me baso en historias reales que sintetizan de una manera terrible hasta qué punto llegó esa locura”. Una realidad a menudo inverosímil, pero que recuerda que la ficción poco tiene que envidiar al mundo cotidiano, cuando este adopta el disfraz de umbrío delirio. Juan Bas retrata la “enfermedad social y moral” que corroyó a la sociedad vasca a través de capítulos situados al margen de la línea principal que funcionan “como cuentos completos, son historias casi independientes”. Pequeños retratos del horror convertido en vecino y parroquiano, un viandante más al que saludar al bajar a la calle.

Pese a la oscura temática que impregnó la charla, el escritor bilbaíno demostró poseer un carácter dulce y amable, de ingeniosa conversación y humor transparente. A la pregunta de qué suponía para él ganar el Hammett, Bas se mostró “ilusionado por el hecho de que te reconozcan tus propios compañeros de trabajo. Aunque un chequecito tampoco hubiese estado mal” bromeó, acompañándose de la risa de los asistentes al acto.

Tal vez como cristalización de una impresión engarzada en el resto de la sociedad española, surgió la cuestión de la presión o acoso que un intelectual como él podría sufrir a día de hoy por la publicación de un libro así, a lo que restó importancia al relatar una anécdota referente a su encuentro con “una mujer que parecía sacada de la novela, perteneciente al ámbito abertzale. Nos cruzamos en un puente, y sin siquiera detenerse declamó que todo eso del odio y tal era mentira. Es un mundo impermeable a las críticas y libros como este les molestan muchísimo, pero no hay más”. En contraposición, recuerda el momento en el que publicó Alacranes en su tinta, una sátira sobre ETA y el nacionalismo vasco editada en el 2002, cuando la banda aún mataba y cualquier voz disidente podía ser callada con un tiro en la nuca. “En ese momento sí que tuve miedo”, admite.

Tras tocar aspectos tan sombríos, Juan tañó una nota de esperanza al afirmar que “si bien todos estamos demasiado contaminados por lo que pasó, los unos y los otros, las nuevas generaciones son ajenas a esto. Para ellos, esto no llega a ser incluso nada más que una idea difusa”. Una luz que se impulsa hacia delante y lucha por dejar atrás los escombros que permanecen como tétrico homenaje a la barbarie convertida en libertad, en tanto que con los corazones limpios del dolor y la muerte se plantan las semillas de las que pueda germinar una sociedad mejor, para todos: “todo esto es una cuestión superada de una manera que tal vez no sea visible desde fuera. Pero existe una alegría social que antes no se daba. El tiempo es inexorable, y ETA está derrotada y desaparecida. Mi intención con todo esto es simplemente que haya un testimonio histórico. Que se sepa la verdad”.

El terror nunca nos hará libres. La verdad, sí.

 

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