ZARAGOZA | JUAN MARI SAURAS

Con el desarrollo de la ficción policíaca y el género noir, los forenses se han convertido en una referencia habitual para el público mayoritario. Doctos aliados de la ley encargados de hallar en el cuerpo de la víctima un indicio que permita a los protagonistas de la historia lograr la venganza redentora de la justicia. Como una suerte de versión moderna de los venerables magos ancianos de los cuentos tradicionales, estos personajes hacen alarde de una enorme erudición y conocimiento que aquí sustituye a la magia, pero a menudo obra de igual manera como instrumento milagroso que ayuda a los héroes en su travesía. Aguardando siempre en su guarida, o en este caso la sala de autopsias, donde pulcros cadáveres debidamente higienizados y tapados por sábanas ayudan a mantener un aire solemne y distante, apropiado para tal crucial ocasión. Los forenses son, en definitiva, una pieza esencial en el relato policíaco, parte de las figuras secundarias que nunca pueden faltar en el repertorio y favorecen el desarrollo de la trama.

Pero la realidad, con la testaruda insistencia de una ley científica, acostumbra a desplegar un universo mucho más complejo y poliédrico que el del arte. Por esa misma razón, y sin que sirva de precedente (o sí, si tenemos en cuenta la concurrida asistencia de público) el Festival Aragón Negro, de la mano de su director Juan Bolea y el novelista David Lozano, “ideólogo del evento», organizó en el Teatro Principal de Zaragoza una charla-coloquio con el objetivo de acercar la realidad del trabajo forense más allá de los límites de la ficción de una manera inédita hasta ahora.

El desempeño de dicha tarea recayó sobre Salvador Baena y Cristina Andreu, investigadores del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Aragón y profesionales de larga trayectoria que, como tuvieron ocasión de demostrar a lo largo de la charla, han participado en gran número de casos, algunos de ellos de gran eco mediático. Su relación con el mundo de la literatura también viene de lejos, pues como Lozano remarcó ambos le han asesorado a la hora de escribir algunas de sus novelas, en busca de la verosimilitud otorgada por la experiencia y la práctica.

Con semejante bagaje, los dos forenses ejecutaron su papel a la perfección, y transformados en cicerones del mundo del crimen, condujeron a los asistentes a través de las diferentes facetas del oficio, ilustradas estas con vívidos ejemplos tomados de casos reales, algunos de los cuales contaron con la implicación de los ponentes. Así, Cristina, que posee formación como psicóloga forense, relató su participación en las operaciones de búsqueda y captura de un violador serial que rondó por las calles de Zaragoza hace ya algunos años. Fue su primer caso, y gracias a su desempeño se logró desarrollar un esbozo psíquico del culpable enormemente exacto. Mediante su relato, la veterana investigadora describió las tareas que los forenses han de realizar al examinar la escena de un crimen, con el objetivo de recolectar información no solo de la víctima, sino también del agresor. Si es posible analizar detalles como su modus operandi o su perfil geográfico, se puede extraer una caracterización relativamente exacta del mismo. “La conducta es consistente”, recordaba.

A ojos profanos, sin embargo, puede parecer un tanto improbable obtener información sustancial con pistas de tan pequeño calibre, como bien recordaba David Lozano a sus entrevistados. En respuesta, Cristina recordó el caso de Remedios Sánchez, asesina serial condenada por la muerte de varias ancianas en Barcelona, y que fue rápidamente identificada como mujer dadas las circunstancias que rodeaban los crímenes. “La ciencia forense se centra en los pequeños detalles”, sentenciaba Salvador.

El representante de la faceta más clínica del campo forense, empero, reconocía las dificultades que enfrentan en sus labores al describirlas como “un libro al que le han arrancado las tapas y las páginas, dejando únicamente una hoja al azar”. A partir de la cual han de reconstruir la historia completa. Para ello es indispensable un buen examen de la escena del crimen, y especialmente del cuerpo, un auténtico “saco de pistas”, en sus propias palabras.

A la pregunta de si existía el crimen perfecto, Cristina remitía a los múltiples casos sin resolver, si bien arrojaba sobre la mesa también una serie de estadísticas que ponían de relieve “el gran nivel que la policía española posee ante este tipo de delitos”. Del mismo modo, Salvador, en otro momento de la charla, esgrimía el consejo que le fue dado a él y que ha seguido desde entonces como una forma de evitar en la medida de lo posible la irresolución de un caso: “en estos casos lo primero que urge es no tener prisa”.

Durante el acto, ambos investigadores enseñaron algunas imágenes más a modo de muestra de las diferentes escenas que los funcionarios pueden encontrarse, y los posibles significados que pueden derivarse de las mismas. Como muestra representativa, Cristina reseñó el asesinato de la famosa Dalia Negra, un brutal crimen que conmocionó a los Estados Unidos de los años 50 y que fue ejecutado con una metodología muy simbólica.

También gozaron de importancia las herramientas a disposición de los forenses, que pueden suponer la diferencia entre la resolución o el abandono de un caso. Salvador destacó la capacidad que concede la tecnología para revisitar antiguos casos caídos en el olvido y aportar nuevas pistas que en el momento en que se produjeron no pudieron obtenerse por las limitaciones técnicas. A día de hoy, procedimientos como la infografía forense posibilitan la obtención precisa de conclusiones capaces de sellar crimen de manera segura, si bien, en tono jocoso, comentó que más de una vez había pensado en visitar a alguno de los criminales que nunca llegó a confesar, para preguntarle cómo lo hizo: “tal vez cuando me jubile lo haga”.

Con este evento, y tal y como lo definió David Lozano, “hemos conseguido que el forense salga de la sala de autopsias”. Y así, acercar un aspecto desconocido pero fascinante de la labor judicial al público, que podrá conocer mejor el esfuerzo que estos héroes anónimos y a menudo maltratados por la mirada colectiva. Tal vez quién mejor lo describió fue Juan Bolea, al afirmar que “esclarecen el crimen e iluminan partes oscuras del alma humana”. Y pese a ello, nunca fueron los protagonistas.

FOTOS: FESTIVAL ARAGÓN NEGRO

 

 

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